Aunque concebido inicialmente como solución provisional, el Nissen hut se convirtió rápidamente en un sistema constructivo militar. Durante la Primera Guerra Mundial se produjeron miles, y en la Segunda Guerra Mundial su uso se disparó a escala global: Reino Unido, Europa, África, Oriente Medio y el Pacífico.
Su creador fue Peter Norman Nissen, ingeniero y oficial del ejército británico. En 1916, mientras servía en el Royal Engineers, diseñó una estructura que pudiera cumplir varios requisitos clave al mismo tiempo:
Transporte sencillo
Montaje rápido sin mano de obra especializada
Mínimo consumo de materiales estratégicos
Resistencia estructural
Versatilidad de uso
El resultado fue una bóveda semicilíndrica formada por arcos de acero ligero sobre los que se atornillaban chapas de hierro ondulado. La geometría no era casual: el arco repartía cargas de forma eficiente, permitía usar menos material y ofrecía buena resistencia frente al viento, la lluvia y la nieve. Además, todas las piezas cabían en un único paquete transportable por camión o tren.
Un Nissen hut estándar podía montarse en menos de cuatro horas por un pequeño equipo sin formación técnica. Ese dato explica por sí solo su éxito.
De refugio temporal a sistema global
Aunque concebido inicialmente como solución provisional, el Nissen hut se convirtió rápidamente en un sistema constructivo militar. Durante la Primera Guerra Mundial se produjeron miles, y en la Segunda Guerra Mundial su uso se disparó a escala global: Reino Unido, Europa, África, Oriente Medio y el Pacífico.
Se usaron como cuarteles, hospitales de campaña, almacenes, talleres, hangares improvisados, centros de mando o espacios administrativos. Su lógica era clara. Crear una arquitectura funcional, repetible y prescindible.
En guerra, lo importante no es que el edificio dure cien años, sino que esté listo mañana.
Gibraltar: cuando el Nissen Hut entra en la roca
En lugares extremos como Rock of Gibraltar, el Nissen hut se reinterpreta. Aquí se montó dentro de túneles excavados en la caliza.
La estructura metálica funcionaba como una segunda piel. No sostiene la montaña, pero sí define el espacio habitable dentro de ella. Esta solución tenía varias ventajas reales y documentadas, como evitar el contacto directo con la roca húmeda, mejorar la ventilación, facilitaba el cableado, la iluminación y el aislamiento básico. Un Nissen Hut permitía reorganizar espacios sin volver a excavar
Y, sobre todo, introducía una lógica doméstica en un entorno geológicamente hostil. El túnel era caótico, irregular, dispar. El Nissen hut era simétrico, confortable, rápido.
La ventana: un detalle psicológico, no ornamental
Aunque muchos Nissen hut no tenían ventanas en superficie, en contextos cerrados como Gibraltar, se incorporaron aberturas internas hacia pasillos iluminados artificialmente.
No respondían a una necesidad lumínica estricta, sino a algo más profundo: mantener la salud mental de quienes vivían semanas o meses bajo tierra. La doctrina militar británica ya había aprendido, tras la Primera Guerra Mundial, que el confinamiento prolongado provocaba fatiga psicológica, desorientación temporal y pérdida de moral.
La “falsa ventana” no engañaba al ojo, pero tranquilizaba al cerebro: simulaba exterior, generaba profundidad, sugería continuidad espacial. Era una arquitectura pensada no solo para resistir bombas, sino para resistir el encierro.
El legado inesperado de los Nissen Huts
Tras la guerra, miles de Nissen hut se reutilizaron como viviendas civiles, graneros, iglesias, talleres o almacenes. En Reino Unido aún sobreviven muchos. Lo que nació como arquitectura de emergencia terminó influyendo en la construcción modular, el diseño prefabricado y la lógica industrial aplicada al habitar. Los Nissen hut no son bellos en el sentido clásico.
Pero representan algo fundamental del siglo XX: cuando todo falla, la arquitectura que sostiene.
Y, a veces, una simple bóveda de chapa puede ser lo único que separa a una persona del peso literal de una montaña.